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Septiembre - Octubre 2024

Joyería

   Ha llegado la hora de vivir en las ruinas: las del capitalismo, las de las ‘nunca tan vigentes’ derechas mundiales, las que propagan los relatos del odio. Tal como menciona la antropóloga Anna Tsing, nos toca danzar en un escenario antropocénico para el que necesitamos “ejercitar las artes de la inclusión” (2019: 45) de tod*s los otr*s de este mundo —animales, plantas y artefactos pero también humanidades precarizadas y más-que-human*s— que han sido empujados a los bordes de la vida. Y, para ejecutar aquellos movimientos capaces de emanciparnos, urge volver a preguntarnos ¿quiénes somos l*s human*s? Donna Haraway respondería enseguida “(s)omos humus, no Homo, no ántropos; somos compost, no posthumanos” (2019: 94), situados en medio de un enredo multiespecies pero también ‘multi-cosas’ (ríos, montañas, nubes, viento, máscaras, autos, muebles, y un innumerable etc.). Pues bien, nos disponemos en el juego de hilos que evoca la autora, dado que necesitamos de historias de vida menos binarias y más tentaculares en pos de esa habitabilidad en los actuales escenarios de extinción y nos proponemos ensayar otros relatos —unos relatos-otros— que nos cuenten a través de nuestras potencias sensibles.

   Somos lombrices de tierra, pero nuestro origen es acuático. Seres Chi´xi (*), existencias alquimistas y múltiples, estimulad*s por la humedad y resistentes al resecamiento. Respiramos a través de nuestras pieles, nos dejamos afectar. Somos hermafroditas que gozan, apareándose o sin aparearse. Removemos, excavamos y hacemos túneles en la tierra. Desocultamos y abrimos al aire y a la luz lo que se pretende muerto y enterrado. Descolonizamos sin pausa. Simultáneamente, nos nutrimos de los suelos y los fertilizamos con nuestras excreciones. Habitamos la mutua crianza, también la mutua crianza de las artes. Somos hij*s de la noche, no queremos encajar. Salimos a explorar bajo las estrellas. Construimos colectivamente un campo constelado de saberes.


   Entonces, si la humanidad moderna —esa que separa naturaleza de cultura, human*s de animales, mentes de cuerpos e inocula terricidios a diestra y siniestra—, ya no nos sirve como vector transformador, nosotr*s pensamos en humusidades. Las humusidades, emergiendo como grumos en medio de la gran masa de devastaciones y violencias, se entregan a un régimen de compostera como política de mundos. L*s seres de estas humusidades transitan una vitalidad lombriz capaz de hacer de las cáscaras —de los residuos de un régimen siniestro que lo banaliza todo—, un sustrato fértil. Así, las lombrices activamos unas potencias políticas de resistencia pero también de re-existencia, unas que van enlazando los espacios por los que se arrastra —van sugiriendo comunidad—, unas que nunca dejan de estar en la calle, en la marcha, en el aula y en el taller compostando a través de las prácticas artísticas y otras vitalidades. Lombrices que, organizando una ofensiva sensible: una micropolítica de abrazos y cuidados, vamos trazando los espacios y los tiempos del deseo. Las lombrices de la humusidades, unas inadecuadas, unas imposibles de mercantilizar, nos arrastramos pegajosamente hacia una pluralidad de lazos, hacia una indeterminación en fuga.

 

   No tenemos dientes ni garras, pero si nos atacan nos defendemos ¡Alerta genocidas y terricidas! No habrá ni olvido ni perdón ¡Alerta opresores! Compostamos con paciencia fuerzas de contrapoder y emancipación. Nos regeneramos, no tenemos principio ni final. Nada ni nadie es descartable. En los residuos y en los barros laten humusidades (ya no humanidades) que no dejamos ir, vidas, ancestr*s y futuro. Damos forma a bolas mutantes y entrópicas de materia y espíritu, que ruedan locas bajo la luna y el sol hacia un mundo común, lleno de justicia espacial, ambiental y social.

Celeste Medrano, Eduardo Molinari, curadores

Mayo de 2024

(*) Silvia Rivera Cusicanqui utiliza este término para referir (…) y retomar el “paradigma epistemológico indígena”. Lo “ch´ixi, un posible mestizaje descolonizado” implica la convivencia entre diferentes manteniendo la radicalidad de la diferencia. Proviene de la lengua aymara y remite al color gris, cuya apariencia es una unidad pero “está hecho de puntos de color puro y agónico: manchas blancas y negras entreveradas”: es a la vez uno y múltiple. La relación del uno-múltiple es agónica y no antagónica, no se orienta a la eliminación del otro sino a “sacar chispas”. Ver: https://tintalimon.com.ar/public/s7loyv7qkqkfy9tlizbaucrk6z67/pdf_978-987-3687-36-5.pdf 

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